Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Sidi Noman —me dijo la joven cuando ya hube acabado—, no hablemos del favor que me debéis, porque en hacer el bien está cifrada mi felicidad y mi recompensa. Hablemos, sí, de Amina, a quien conocí mucho antes de vuestro casamiento con ella, pues es maga como yo, y ambas tuvimos la misma maestra. Quiero concluir la obra empezada y que Amina sufra el castigo que merece. Tomad esta botella —añadió presentándome una—; Amina no estará en vuestra casa, pero esperadla, porque no tardará en volver. Luego que llegue a la puerta, bajad al patio y poneos delante de ella. Asombrada al veros, volverá la espalda para huir, y entonces arrojadle esta agua, diciendo: «Recibe el castigo de tu perfidia». Ya veréis el efecto que produce.

Con estas instrucciones, y no sin dar nuevas gracias a la madre y a la hija, me dirigí a mi casa, y todo sucedió como la maga lo había predicho. Mi mujer, apenas sintió el agua sobre el cuerpo, dió Un horrible alarido y quedó transformada en yegua, que es la que ayer vió Vuestra Majestad. La cogí por la crin, y a pesar de su resistencia la llevé a la cuadra, dándole latigazos hasta que me faltaron las fuerzas, pero con ánimo de renovar diariamente el castigo.

Ésta es mi historia —añadió Sidi Noman—, y creo que Vuestra Majestad opinará que he tratado a una mujer tan mala con más indulgencia todavía de la que se merece.


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