Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Tu historia es peregrina, y la infamia de tu mujer no admite disculpa —dijo el Califa—; pero piensa que es bastante pena el verse reducida a yegua para que tú la aumentes con el castigo diario, el cual desearía yo que cesase inmediatamente.

El joven lo prometió, y el Califa se dirigió entonces a Cojía Hassán, rogándole le refiriese los medios de que se había valido para adquirir su brillante fortuna desde su humilde oficio de cordelero. Cojía Hassán, animado por las benévolas frases del soberano, se postró ante las gradas del trono, y después empezó de este modo su relato.











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