Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes Como estuvimos en Salamanca algunos dÃas, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allÃ; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
—Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guÃe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y ansà me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allà puesto, me dijo:
—Lázaro, llega el oÃdo a este toro y oirás gran ruido dentro dél.
Yo, simplemente, llegué, creyendo ser ansÃ; y, como sintió que tenÃa la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres dÃas me duró el dolor de la cornada, y dÃjome:
—Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rió mucho la burla.
Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mÃ: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».