Lazarillo de Tormes

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Por no echar la soga tras el caldero[62], la triste se esforzó[63] y cumplió la sentencia. Y, por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana[64]; y allí, padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí hasta ser buen mozuelo; que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me mandaban.

En este tiempo, vino a posar[65] al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle[66], me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre[67], el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves[68], y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo, sino por hijo. Y así, le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo[69] amo.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:

—Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.


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