Robin Hood

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—Ya sabía que no me abandonarías. Pero dudo que pueda llegar al bosque; estoy muy herido —dijo con un soplo de voz.

—¡Coraje, mi buen Will! —lo animó Robin—. Un poco de aire fresco hará maravillas. Antes de irnos creo que tenemos tiempo de abrir algunas de estas celdas y dar libertad a los demás cautivos. Serán otros tantos amigos, que quizá nos hagan falta.

Y uniendo la acción a la palabra, abrió todas las puertas de los calabozos de los que fueron saliendo los más diversos tipos. Los más eran pobres criaturas ya extenuadas por el largo encierro, los malos tratos de los carceleros y las enfermedades.

Pero había entre ellos algunos hombres en buen estado físico, cuatro en total, seguramente de reciente captura y de los cuales uno era un hombre fuera de lo vulgar que supo expresar su agradecimiento en corteses frases, que delataban a un hombre de superior condición.

Pero el momento no era para perder tiempo en arrojarse flores, y con esa facilidad que tenía para el mando y la forma de ejercitarlo, que electrizaba a los hombres impulsándolos a obedecerle sin discutir, Robin ordenó, dirigiéndose a los que estaban en buenas condiciones físicas:


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