Robin Hood
Robin Hood No era menor el asombro de los hombres de Robin, que, desconociendo el ardid de las avispas, no se explicaban cómo era que Isambart no salía a atacarlos y seguían, sin saber la batahola que se había armado adentro, disparando contra cualquier bulto que asomara por entre las almenas o las torrecillas.
—De acuerdo con lo que sé, debemos seguir este camino. ¿Ninguno de vosotros sabe dónde hay una antorcha?
—En el suelo, al fondo del corredor de las celdas hay siempre una —informó uno de los liberados—. Yo la traeré.
Robin la encendió y con ella en una mano y la espada en la otra se internó, seguido por los demás, por el estrecho pasillo. Nada ni nadie les estorbó el paso; al cabo de unos doscientos metros de marcha, el pasillo terminaba contra una puerta de hierro, que no era sino la poterna que daba a los fosos, único sitio por el que podrían salir del castillo sin ser vistos, como lo había asegurado Dickon y lo había comprobado el propio Robin.