Robin Hood

Robin Hood

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Una vieja puerta de madera, que Robin no había visto en su visita anterior dejaba escapar por los intersticios de sus quebrados tablones los débiles gemidos de un ser viviente que sufría. Buscó Robin en el prodigioso manojo de llaves que tan útil le había sido la otra vez la que correspondía a aquella puerta, más como tardara en dar con ella, el «pequeño John» adosó sus hombros a un panel y empujando con todas sus fuerzas la hizo ceder. En el interior de una pequeñísima celda hallábase un verdadero eccehomo, un desventurado en tal forma maltrecho por las torturas, que debieron abandonar en el lugar sin llevárselo, ya que no podían cargar con él a riesgo de hacer fracasar la empresa principal.

Siguieron adelante los arqueros, y al pasar frente a la puerta, que ya conocemos, de la pieza donde se aplicaban las torturas, el «pequeño John» recogió una convincente maza de hierro que debió utilizar en el acto, poniendo «fuera de servicio» a los guardias, que habiendo oído el ruido que produjo la puerta al romperse, acudían presurosos a inquirir qué podría pasar en los quietos y tenebrosos corredores.

Salvado tan definitiva y contundentemente ese primer obstáculo, llegaron a la puerta que daba acceso al subsuelo propiamente dicho del castillo. La llave de la puerta principal pronto fue individualizada entre las del manojo, y entraron.


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