Robin Hood
Robin Hood Pero sucedió lo inesperado: Robin Hood, a quien el furor había multiplicado las fuerzas, consiguió dar con su maza tal sucesión de golpes sobre el yelmo de Gisborne, que éste trastabilló, dio dos o tres pasos sin dirección fija, y en el momento en que parecía querer reponerse, un último mazazo de Robin lo echó a rodar por tierra.
—Ahora, ríndete; ríndete a mí y a mi justicia —le dijo Robin introduciéndole la punta de su espada entre el peto y la babera.
—¡Nunca! —contestó fieramente Gisborne.
—Scarlett —dijo Robin—, ¡apodérate de él y átalo fuerte!
Mientras sus hombres cumplían con la, para ellos, grata tarea de atar y vejar al cruel normando, Robin se dirigió al sitio en que se hallaba el caballo de guerra de Gisborne, se apoderó de él y lo llevó hasta la casa, donde llegó a tiempo para detener a sus hombres, que castigaban al barón Guy.
—¡Basta ya, muchachos! No sigáis ensuciando vuestras manos honestas con el contacto de esta fiera —les dijo nuestro héroe.
—¡Hazme matar de una vez, ya que me has deshonrado! —suplicó Guy, sin dejar de demostrar su valor y su energía.