Robin Hood
Robin Hood Al acercarse al improvisado puente, Robin vio a un hombre de gran estatura, casi un gigante, que se dirigía a la otra cabecera con el fin de recorrerlo, para atravesar el río en sentido contrario al suyo. Apuró entonces el paso para ganarle el tirón al gigante, pues por el tronco no podían pasar al mismo tiempo dos personas, y vio que el otro hacía lo mismo.
Al mismo tiempo pusieron ambos un pie en cada extremo del puente, como tomando posesión de él. El hombre aquel no llevaba más arma que un pesado garrote de roble, pero su corpulencia igualaba cualquier ventaja que pudieran tener sus eventuales contrincantes…
Pero la osadía de Robin no reconocía límites, y, a pesar de que el hombre daba muestras de estar decidido a ser el primero en cruzar el río, no se retiró del sitio en que se había detenido.
—Vete de ahí, pequeño —le increpó el gigantón—, si no quieres que te zambulla en el río…
—¡Ni lo pienso! —Le retó Robin—. ¡Sal tú del puente o el del chapuzón no seré yo!
El gigante agitó el bastón a menos de un pie de las narices de Robin, gritándole:
—¡Muévete, te digo, si no quieres que te hunda el cráneo!