Sir Gawain y el caballero verde
Sir Gawain y el caballero verde Escaló acantilados de regiones desconocidas, lejos de sus amigos y de toda compañía. En casi cada vado o corriente cuyas aguas debía cruzar, se topaba con algún fiero y horrible enemigo con el que se veía obligado a luchar. Con tantas maravillas se tropezó en las montañas, que sería tedioso narrar aquí una décima parte. Sostuvo luchas mortales con dragones y con lobos; peleó unas veces contra los salvajes[18], que vagan por los despeñaderos, y contendió otras con toros y osos y jabalíes, y con ogros que le acosaban desde lo alto de los cerros escarpados. Y de no haber sido firme en resistir, e inquebrantable en su fe en Dios, sin duda habría sucumbido más de una vez. Sin embargo, poco le arredró la lucha. Lo peor era el invierno, cuando caía el agua fría y clara de las nubes, helándose antes de tocar la tierra baldía. Yerto de frío a causa de la cellisca, dormía en su armadura, noche tras noche, entre rocas desnudas, donde los fríos arroyos saltaban salpicando de las altas crestas o colgaban en carámbanos por encima de él. Y así, arrostrando sufrimientos y peligros, recorrió la región, hasta que llegó el día de la Noche Buena. Entonces oró el caballero, pidiendo a Santa María que le guiase en el camino y lo condujese a algún refugio.