Sir Gawain y el caballero verde
Sir Gawain y el caballero verde Esa mañana, cabalgaba alegremente por una montaña hacia un espeso bosque con altos y escarpados cerros a uno y otro lado, y enormes robles centenarios en el fondo; el avellano y el espino se enredaban en intrincada maraña, el musgo tosco y andrajoso colgaba por todas partes, y en las ramas peladas los pájaros cantaban ateridos. Por debajo de ellos el valeroso caballero cabalgaba sobre Gringolet; cruzaba solitario pantanos y lodazales, temeroso de no poder asistir, por mala fortuna, al oficio del Señor, que esa misma noche había nacido de virgen para redimirnos de nuestras aflicciones. Y suspirando, decía:
—Te suplico, Señor, y a ti, María, la más dulce y querida de las madres, que encuentre un refugio donde pueda oír misa con el debido recogimiento, y maitines por la mañana: humildemente lo pido, y rezo el padrenuestro y el avemaría y el credo.
Y se santiguó y lloró por sus pecados, exclamando, mientras espoleaba al caballo:
—¡Qué Cristo ampare mi causa, y su Cruz me guíe!