Retorica

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Esta caracterización del Grilo, como una obra de síntesis de las posiciones platónicas en el marco del debate ideológico sobre el significado de la paideía, es esencial para clarificar el trasfondo teórico del diálogo y con ello la índole de los problemas a que a partir de ahora tendría que enfrentarse Aristóteles. Ciertamente, ante el modo como Isócrates había razonado la naturaleza de la retórica, el núcleo de la cuestión no podía ya reducirse a la crítica del inmoralismo sofista (denunciado por Platón en el Gorgias, pero no menos por el propio Isócrates en Contra sofistas), sino que radicaba ahora en que la retórica al uso (la de los sofistas, pero, en este caso, también la de Isócrates) carecía de criterios veritativos por los que pudiera reconocer los bienes en sí y regular, conforme a ellos, las conductas de los hombres. Frente a esta situación de la retórica, las exigencias enunciadas por Platón en el Fedro consistían en señalar, ante todo, que sólo son verdaderos discursos los discursos que son verdaderos; y, después, que tal requisito se cumple únicamente cuando los discursos remiten a un adecuado plano de referencia ontológica, es decir, no a las opiniones o a las realidades sensibles, sino a las Ideas o Formas[68]. Para ello era preciso, a juicio de Platón, que todos los discursos dependiesen de un órganon o «discurso de los discursos», que pudiese establecer la conexión del lógos con el objeto esencial comprendido en él. Y tal órganon era la dialéctica, en cuanto que, mediante divisiones y composiciones de conceptos, permitía garantizar la validez de las definiciones y la necesidad de los procesos deductivos, relacionando así legítimamente los enunciados del lenguaje con los objetos mencionados en ellos.


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