Retorica
Retorica De aquí se desprendían dos consecuencias sin duda fundamentales para la interpretación de la retórica. La primera, que los discursos verdaderos son exclusivamente los discursos científicos, pues sólo ellos, por el cumplimiento de las exigencias de la dialéctica, reproducen de un modo adecuado (orthôs) el orden real, esencial, de las Ideas[69]. Y la segunda, que la retórica no puede ser entonces nada distinto de la dialéctica misma[70], ya que, no siendo la retórica una ciencia particular, un saber que se refiera a un género o clase de objetos de la realidad —es decir, pretendiendo ser ella también un órganon o «discurso de los discursos»— ha de cumplir las exigencias todas de la dialéctica y en nada puede diferenciarse de ella. Sobre la base de estas conclusiones, Platón justificaba, en sus análisis del Fedro, la subordinación de la retórica a la dialéctica: a la retórica, en efecto, no podía caberle ninguna función propia y debía reducirse a ser una forma subsidiaria, más relajada y psicagógica[71], de presentar los razonamientos de las ciencias, al modo de lo que hace la poesía dramática[72]. Pero es palmario que toda esta argumentación se sostenía exclusivamente sobre aquella tesis de principio, suscrita sin disputa en el punto de partida, según la cual sólo hay verdad cuando hay denotación de objetos (esenciales), de suerte que sólo son discursos verdaderos los que remiten a entes y nexos objetivos de la realidad. De acuerdo con esta tesis —de la que apenas es necesario decir que iba a resultar decisiva para el destino del saber y de la cultura en Grecia[73]— la verdad debía situarse, así pues, íntegramente en el plano de la referencia, no en el de la comunicación. Y ello pone en claro entonces que la reducción platónica de la retórica a la dialéctica no significaba otra cosa, como tan agudamente lo ha señalado Apel[74], que la subordinación de las competencias comunicativas del lenguaje a su función de designación.