Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Buscándose a sà mismo.
—¿Y qué hay que hacer para encontrarse a sà mismo?
—Obedecer.
—¿A usted?
—Al que usted sienta… no a mÃ. Algún dÃa tendrá que obedecerse a sà mismo.
—Es que yo sentirÃa placer en obedecerle a usted.
—¿Sabe que eso se llama la voluptuosidad de la humillación? Su excesivo amor propio le hace creer que es superior a mÃ, cosa que no me importa…
—No…
—Déjeme… y entonces obedecerme a mà es imponerse una humillación tan agradable… ¿a ver?... como si usted, siendo millonario, se disfrazara de pordiosero y consintiera en que le negara un cobre aquél, que de saber quién es usted, le besarÃa los pies.
Barsut lo observa al Astrólogo.
—Es cierto, tiene razón… Pero dÃgame… ¿por que yo tengo respecto a usted semejante sentimiento? No debÃa sentirlo, aunque lo admiro.
—Al contrario, está muy bien que envase tal sentimiento. Es la fuerza. Cuando se llevan fuerzas adentro, siempre se reacciona frente a los otros.
Barsut lo escucha al Astrólogo, pero con la vista sigue una pequeña araña que cruza velozmente por el rojizo marco de la ventana.