Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Es que también soy envidioso.
—Otra manifestación de la fuerza.
—Hay algo, sin embargo, que no me llama la atención. Es el dinero. Siento un desprecio absoluto por el dinero. Para otro hombre, el dinero que usted me quitó por la violencia constituiría una desgracia irreparable; para mí… ese dinero no existió nunca.
—Es la manifestación más directa de su fuerza. Usted desea y espera el poder… no sabe de dónde vendrá ese poder… pero el dinero no lo seduce. Es decir, no existe para usted.
—¿Y esa fuerza?
—Es la voluntad de vivir. Cada hombre lleva en sí una distinta cantidad de voluntad de vivir. Cuantas más fuerzas, más pasiones, más deseos, más furores de plasmarse en todas las direcciones de inteligencia que se ofrecen a la sensibilidad humana. Querrá ser general, santo, demonio, inventor, poeta…
—Son apariencias… Ninguna satisface.
—La única es querer ser Dios. Confundirse con Dios. Se pueden contar con los dedos de la mano los hombres a quienes la necesidad de realizarse les hizo sentir la voluntad de vivir en dioses. Lenin fue el último dios terrestre que pasó por el mundo.
—¿Y proporciona gran felicidad?