Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Nadie se resistirÃa. ¿Usted cree que el ejército, la policÃa, alguien se atreverÃa a resistir? No dudo que la gente, tratándose de cañones ametralladoras, hiciera el ensayo; pero contra el gas, ¿quién se atreve a luchar? Piense usted que a medida que se desparrama, las vÃctimas caen como moscas… igual. El efecto psicológico, que hay que contarlo en estas circunstancias, es espantoso. Los sobrevivientes de las ciudades huirÃan aterrorizados; simultáneamente toda actividad se paralizarÃa, y los más enconados enemigos del comunismo levantarÃan los brazos al cielo reclamando piedad.
»Eso lo conseguiremos con la Academia Revolucionaria. Allà se estudiará estrategia, sistemas de ataque, ataque con fosgeno a distintas temperaturas, con distinta velocidad de viento. Un hombre que sepa manejar gases, ametralladoras y obuses es invencible. Si podemos costearle a los alumnos un curso de aviación en una escuela civil de aquà o de los paÃses fronterizos, tenemos el problema resuelto. Pero, sea sensato, querido doctor: ¿de dónde sacaremos el dinero? Nosotros no podemos pedirle ayuda al gobierno, supongo… —aquà se echó a reÃr—. Ni hacer colectas públicas. El negocio hay que basarlo entonces en los prostÃbulos.
—¿Y los inocentes que caerÃan bajo los gases?
—Dios mÃo, ya empezamos la palinodia sentimental… Los inocentes que morirÃan por efecto de los gases, mi querido doctor…