Los Lanzallamas
Los Lanzallamas El Rufián Melancólico entreabre fatigosamente un párpado. El vidrio de la ventana brilla como una lámina de plata incandescente. Una gran sombra negra está detenida a su lado; es como un maniquí negro que dice:
—¿No te acordás? Soy el auxiliar Gómez; Gómez de Investigaciones. ¿Quién fue el que te tiró? ¿El Lungo o el Pibe Miflor?
Haffner termina por comprender. Lo están interrogando los “tiras”34. Con un solo ojo enneblinado el macró hace un tremendo esfuerzo y termina por reconocerlo al auxiliar. Es Gómez, el tísico Gómez, explotador de ladrones, cómplice de ladrones, torturador de ladrones, que ha hecho su carrera prensándoles las manos a los que interrogaba; el verdugo del Departamento de Policía, pequeño, compadre35, violento, melifluo.
El párpado del Rufián Melancólico cae otra vez y deja de pensar. El recuerdo abre una compuerta en su pasado, y se ve a sí mismo en un rectángulo encalado de la división Seguridad Personal, un cuarto que tiene un único ventanuco de vidrio esmerilado y en el centro una mesa barnizada. Le es visible el tintero sin tinta y la lapicera con la pluma oxidada que había cubierta de polvo allí.