Los Lanzallamas
Los Lanzallamas »Yo estaba una tarde en un café, triste como siempre, cuando la vi pasar. Parecía una sonámbula. Eso… eso mismo… una sonámbula, por la manera como caminaba. Iba y venía. Yo la miré y me dije: “¡Qué mujer más rara!”. Entonces me acerqué y le dije: ¿No quiere que la acompañe, señorita? Y ella me dijo: “Sí”. Extrañado, le pregunté: “¿Por qué usted acepta con tanta naturalidad que la acompañe?” Y ella me contestó: “No se da cuenta que soy una…” ¡Si te imaginaras la pena que me produjo!
Sentí una lástima enorme por ella. La vi sola, triste, rodando de mano en mano… Te prevengo que tengo el corazón duro, pero hay momentos en que me dejaría hacer pedazos por el primer desgraciado que se me cruza al paso. Pasamos la tarde juntos. Yo la escuchaba adolorido. ¿Por qué la vida trataba así a los pobres seres humanos? ¿Por qué los rompía en pedazos? Pensaba que alguna vez esa mujer había tenido cinco años… Jugaría con otras chicas, y nadie en esos momentos se imaginaba el destino que le esperaba. ¿Te das cuenta si es horrible? ¡Cuántas veces he pensado, mirando las criaturas que juegan en las plazas! ¿Cuál dentro de algunos años será un asesino? ¿Cuál de éstas una prostituta? ¡Dios mío!… Hay momentos en que dan ganas de matarse.
—¿Y la muchacha ésa?