Los Lanzallamas
Los Lanzallamas No hacíamos más que conversar, y poco a poco establecí que no tenía ningún respeto por Remo; por el contrario, lo juzgaba un loco. Más aún, comprobé que ella, de saber que yo, su esposa, era una mujer sensata y segura de mí misma, nunca lo hubiera acompañado en la aventura de “salvar un alma”. Traté entonces de darme cuenta si prefería la actual vida sosegada a mi lado a la de la calle, pero me convencí pronto que a su criterio la vida anormal era idéntica o preferible a la honesta. Cuando hablaba del pasado lo hacía con animación y entusiasmo casi, refiriéndome las costumbres íntimas de sus clientes y demás pormenores de su vida innoble. Si esta profesión le parecía “molesta” era por los riesgos que se corrían, nada más. En cuanto a la moral, ni remotamente concebía que pudiera vivirse de otra manera. Las mujeres casadas eran para ella “hipócritas que simulaban querer a un hombre para pasarse la vida sin hacer nada”, aunque a ella en mi casa le constaba todo lo contrario.