Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—Sí… ¡Cuántas veces lo pensé! Me decía: sería quizá más feliz que conmigo. Pero, ¿por qué no hablas? Las otras mujeres son estúpidas a tu lado. Uno las ofende como se le da la gana y luego las tira, y no le queda ningún remordimiento adentro. En cambio, de vos no se sabe lo que se puede esperar. ¿Qué es lo que se puede esperar de vos, decime? ¿Se puede saber?… Me pregunto muchas veces si serás capaz de matarte… Quizá no lo hagas; quizá tengas adentro algún pedacito de esperanza todavía…

—Algún día te arrepentirás. Pero será tarde…

—Es posible. Lo creo. ¿Te pensás que no lo creo? Sí, Elsa… claro que lo creo. Y eso me produce una angustia nueva. ¡Si supieras lo que pienso en vos! Mirá… a veces entro a algún café solitario… 

(Instantáneamente, Elsa lo revé a Erdosain en aquel café de cocheros, junto al vidrio cubierto de polvo, tristemente apoyada la mejilla en la palma de la mano. Miraba él la cornisa de la casa frontera; quizá pensaba en ella. ¿Pensaba en ella como se lo estaba diciendo ahora?)



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