Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Tus lágrimas son agua sucia. Tus angustias son malos placeres que buscaste. Porque tú has buscado todo… incluso mi perdición, para sentir una emoción nueva. Pero, escuchame: no te daré nunca esa emoción, ¿sabés? Nunca, aunque tenga que morirme de hambre. Aunque tenga que ser sirvienta, nunca me tiraré a ningún pozo, ¿sabés, canalla?… No por vos, que no lo mereces… no… sino por mÃ, por respeto a mà misma.
Erdosain calló entonces.
Pasó esta noche y después otra. El carácter de Remo se hizo más sombrÃo que el de un demonio. Un! dÃa perdà la cabeza casi involuntariamente. QuerÃa hundirlo, humillarlo, tomarme una venganza de todas las indignidades que cometiera, y busqué quién tuviera coraje de cobrar por mà lo que él me habÃa hecho sufrir. No sé si he hecho bien o mal. Que Dios me perdone.
Asà habló Elsa.
Durante las tres horas que duró su relato permaneció la monja Superiora tiesa en el centro del locutorio, como si la deslumbrara un arco voltaico. Ni un solo músculo de su rostro, más arrugado que una nuez, se estremeció. Con las manos cruzadas sobre el crucifijo de bronce pendiente de su cintura por un rosario y los labios apretados tercamente, mantuvo inmóviles sus pupilas de plata muerta en el afiebrado rostro de la mujer.