Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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¿Hasta cuándo? No lo sabe. Cada día que nace y lo despierta es brutal y fiero como el anterior; cada día que nace y lo despierta, se le figura la muralla de una prisión que es siempre la misma muralla para los ojos del preso, que la olvidaron mientras dormía. Se toca el rostro con piedad de sí mismo, se acaricia las manos, se toma la frente, se resguarda los ojos. Su piedad es insuficiente para agotar el sufrimiento de vivir, que ya para él es un castigo sin definición.

Fuego consumidor, se quema despacio en sí mismo.

A veces recuerda otros años que fueron, y entonces se dice que fue infinitamente feliz. Ahora Satán lo posee, y lo tuesta lentamente. Cuando alguna palabra que le parece excesiva ha brotado de él, se rectifica ―como si lo estuviera engañando al destino―, y entonces recae que es cierto que el dolor, como un carbón débilmente encendido, lo tuesta y lo seca, sin que este morir sea morir…, siendo peor muerte que la otra que sobreviene definitivamente.

Se acuerda de la Ciega. ¿Sufrirán los ciegos? ¿Y los sordos? ¿Y los que no pueden hablar? ¿Qué se habrá hecho de la criatura pálida, que tenía ojos verdosos y rulos negros, en el vagón del ferrocarril?

Sus entrañas vuelcan palabras infantiles. Hay ya palabras que lo obligan a cerrar instintivamente los ojos. Por ejemplo: Tierra. Hombres. Soledad. Amor. Aguza el mirar y se dice:


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