Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Defienden las esquinas de la fortaleza torres triangulares, de manera que presenten con el vértice “poco blanco a los proyectiles de las bombardas”. El pequeño Erdosain ha observado que las piedras resbalan en el ángulo de los muros y causan menos efecto “destructor” que en las superficies planas.
Las gallinas, que conocen al niño, dejan de picotear el suelo para mirarlo atentamente. A veces el gallo aplasta el lomo de un ave. Erdosain no le concede mayor importancia a este acto, aunque esta falta de curiosidad no le impide preguntarse de vez en cuando, con cierta indecisión abstraída: “¿Por qué el gallo hará eso?”.
Erdosain a los siete años es absolutamente puro. Aborrece instintivamente a los chicos que dicen obscenidades. Quisiera no avergonzarse de escucharlas, pero la sangre sube a sus mejillas cuando se pronuncia una mala palabra.
Ahora lo que absorbe su atención es la fortaleza, secándose al sol. La contempla con orgullo de arquitecto. Luego, cavila un instante: ¿a qué héroe puede convertírselo en habitante de la fortaleza? ¿A un pirata o a un general? Si es general, tiene que vivir en la costa de África. Pero el general no puede ser buena persona, porque si no, él no lo sitiaría en la fortaleza, que va a destruir a cañonazos.