Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Una criatura con pantaloncito corto, en mangas de camiseta, la cabeza empinada y rubia, abre con precaución la puerta del gallinero. El chico durante un instante observa encuriosado a las gallinas, que picotean restos de comida de la noche desparramados en la tierra. De pronto el niño sonríe. Toma una lata vacía y la llena de agua. Luego se dirige a un rincón del gallinero, escarba la tierra con un palo en punta y amasa barro para “fabricar la fortaleza”. Los brazos de la criatura se manchan de fango hasta los codos.
El niño trabajó dichoso, sonriente. Ha olvidado que por la tarde tiene que ir a clase, ha olvidado el horror que le causan esos muros desnudos del aula, envilecidos, con esqueletos de hule amarillo; se olvida del temor al “insuficiente” de fin de mes en la libreta de clasificaciones, y trabaja con barro, levantando murallitas.
Es la fortaleza ―generalmente la fabrica de esta forma― un polígono de cincuenta centímetros de diámetro y veinte centímetros de altura. La muralla dentada con troneras y saeteras encierra en su interior miradores, torres, puentes de astillas, calabozos, y casi siempre un subterráneo, que el niño excava pacientemente con el brazo bajo la muralla de fango. Así los sitiados podrían huir de los sitiadores.