Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Remo, no te rÃas. Andate pronto de aquÃ.
Encorvando las espaldas, se detiene frente a Luciana:
—¿Irme? ¿Adónde? ¿Querés decirme?
—A cualquier parte… A Norteamérica…
—Y vos, pedazo de ingenua, ¿te creés que en Norteamérica no hay doñas Ignacias que tramitan un aborto mientras recalientan unas milanesas? Sos cándida, querida. Adonde vayas encontrarás la peste hombre y la peste mujer… ―ahora se pasea con las manos en el bolsillo. —¡Irse! ¡Con qué facilidad lo decÃs vos! ¿Irse adónde?
Cuando era más chico pensaba en las tierras extrañas donde los hombres son color de tierra y llevan collares de dientes de caimán. Esas tierras ya no existen. Todas las costas del mundo están ocupadas por hombres feroces que con auxilio de cañones y ametralladoras instalan factorÃas y queman vivos a pobres indÃgenas que se resisten a sus latrocinios.
―¡Irse! ¿Sabés lo que hay que hacer para irse? Matarse69.
Un suspiro escapa del pecho de Luciana. Remo continuó: