Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—Suspiras porque te digo la verdad. Mira, otro hombre te hubiera poseído. No me digas que no. Estás en un momento ardiente de tu vida. Es así. Yo he traspasado esa línea. Deliberadamente, entendeme bien, deliberadamente voy hacia el perfeccionamiento del mal, es decir, de mi desgracia. El que le hace daño a los demás, en realidad fabrica monstruos que tarde o temprano lo devorarán a él. Yo vivo acosado por los remordimientos. Escuchame… Dejame hablar. Tengo miedo a la noche. La noche, para mí, es un castigo de Dios. He cometido pecados atroces. Habrá que pagarlos. Creo que todavía alcanzaré a cometer dos o tres crímenes más. El último, posiblemente sea espantoso. Ya ves, te hablo tranquilamente, ¿no? Con sentido común ¿no es así?

—Oyéndolo hablar, sentía una lástima infinita por él —diría más tarde Luciana—. Tuve la impresión de que estaba frente al hombre más desgraciado de la tierra.

—Bueno. Nadie puede desviarme del camino de perdición que me he trazado. El fin, mi fin, creo que está próximo. No te asustes. Todavía no me voy a matar… Tengo los ojos secos de lágrimas. Me he divertido, no es otro el término, en hacer sufrir hasta la agonía a pobres seres que, en verdad, el único pecado que habían cometido era ser inferiores a mí.

Luciana lo contemplaba hipnotizada a Erdosain. Éste continuó:


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