Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Erguido y rÃgido, camina el Sordo como un ciego auténtico. La verdad es que casi lo es, pues sus gafas forradas internamente de papel violeta no dejan pasar de la claridad de la mañana sino una espesa penumbra que tiene la densidad de la noche. E insiste, abombado por aquella negrura que se le mete en los sesos:
—Debe estar por llover. No se ve nada. Y hace una calor bárbara.
—¿Cómo no vaz a tener calor, bellaco, zi eztáz zintiendo el calor de loz tizones del infierno donde los diablos te van a toztar por mal hombre?
—Tengo sudando los sesos.
—Jodete. ¿Por qué te pazaztez toda la vida haziendo cábalaz para ganar a laz carreraz? ¿Para qué te zirvió tu cálculo infinitezimal? Para atraillarme por eztaz callez como un probezito de Dioz.
—¿Cuánto habremos juntado hasta ahora?
—Zeiz pezoz, máz o menoz.
—Yo no sé que pasa ahora. Antes a mediodÃa casi siempre tenÃamos como diez y quince pesos juntados; ahora a gatas si se saca la mitad. Y la gente da… Yo siento que te da…