Los Lanzallamas
Los Lanzallamas »Podés pasar ávidamente la lengua por tus labios para saborear el veneno que la envidia de Satanás engendra en tu estómago. ¡Los bienes, el oro, la plata! ¿Qué me importan a mí los bienes?, grotesco remedo del centurión Julio. Mi corazón rebosa de piedad por los hombres. Me queda, es cierto, este perfil de fiera; pero Jesús, que hurga dentro de las almas, sabe que las almas no consisten en un perfil. Han llegado los tiempos cruentos. Escuchá estas palabras terribles de Jeremías, profecía de hoy y para hoy: “Veo una olla que hierve, y su asa está de la parte del aquilón. Del aquilón se soltará el mal sobre todos los moradores de la tierra. Porque he aquí que yo convoco todas las familias del reino del aquilón…”
»¿Qué reponés, centurión Julio? El aquilón se desató ya sobre la tierra. Escuchá lo que dice Ezequiel: “Destrucción viene, y buscarán la paz y no la habrá”. Y esto otro: “El tiempo es venido, acércase el día; el que compra no se huelgue y el que venda no llore, porque la ira va a descargar sobre toda la multitud”. También esto es del profeta Ezequiel. Podés burlarte, pero la hora de tu fin está próxima; me lo dice el corazón.
Lo negro entre los árboles crepitaba de crujidos nocturnos. Resbalando en curva vertiginosa se sumergió tras un macizo de sombras de alquitrán un punto anaranjado.