Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Por el camino avanzó una sombra. De la tierra se desprendió un acolchado sonido de pasos. Barsut distinguió al Astrólogo, y tomándolo del brazo a Ergueta le dijo, temeroso:
—Por favor, ni una palabra con él.
En el fondo de una cantera vegetal, agrisada por la luna, se recortó inmensa la estatura del Astrólogo. Adivinándolo a Ergueta, saludó en la oscuridad:
—Buenas noches, Ergueta. Disculpe que lo interrumpa. ¿Me permite un momento al amigo Barsut?
—¿Me necesita usted?
—Sí, Barsut; venga. Tengo que darle una buena noticia.
Ergueta quedó nuevamente solo bajo la higuera. Observó a los dos hombres que se fundían entre los árboles, y murmuró:
—Señor, ¡cuánta verdad hay en tus palabras: “El camino del hombre perverso es torcido y extraño”! Torcido y extraño… ¡Parece que hubieras previsto todos los movimientos del alma en la noche de los siglos, Señor!
Y Ergueta se hincó sobre el pasto. Juntó las manos sobre el pecho y comenzó a orar.
La luna caía en barra de plata sobre su espalda encorvada.