Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Bendito sea Dios. Esta es profecía para el aniquilamiento del imperio británico. No queda ninguna duda. Tendré que entrevistarme con el embajador inglés… —se soba el mentón con la yema de los dedos y remurmura―. “Y plantará las tiendas de su palacio en los mares y en el monte deseable del santuario”… ¡Pues claro! Inglaterra tiene el protectorado de Palestina… es decir, “las tiendas en el monte deseable del Santuario”. “Mas nuevas de oriente y del norte lo espantarán”… ¿A quién pueden espantarlo, sino al Rey? ¿Y las “nuevas de oriente y del norte”, ¿qué pueden ser, sino la India rebelándose con Gandhi? El norte… el norte es Rusia… la amenaza del comunismo. “Vendrá hasta su fin y no tendrá quien le ayude”… No se puede pedir nada más claro. Realmente, resulta absurdo pensar que todavía existen incrédulos que dudan de las profecías. “Y plantará las tiendas de sus palacios en los mares”…
Recuadrado por el ventanillo de la buhardilla, un rectángulo rojo se reflejó en el muro. Ergueta se asomó al agujero, y la boca se le entreabrió en gesto de asombro.
De la planta alta de la casa que ocupaba el Astrólogo, por los tragaluces de las buhardillas, escapaban largas lenguas de fuego color naranja. Las ramas de los árboles movían sus sombras en los muros, iluminados en el fondo de tinieblas por un resplandor rosado.