Amor y amistad
Amor y amistad Augusta, la hermana de Edward, estaba de visita en la casa cuando llegamos. Encontré que era exactamente como su hermano me la había descrito: de estatura media. Augusta me recibió con la misma sorpresa que Philippa, aunque no con la misma cordialidad. Había una desagradable frialdad y una reserva amenazante en la forma en que me recibió, igualmente perturbadora e inesperada. Ni rastro de la interesante sensibilidad o amable simpatía que debían haber distinguido sus modales y sus palabras en el momento en que fuimos presentadas. Su lenguaje no era ni cálido, ni afectuoso; sus miradas no eran ni alegres, ni cordiales; sus brazos no se abrieron para recibirme en su corazón, aunque yo tendiera los míos para estrecharla contra el mío.
Una breve conversación entre Augusta y su hermano, que escuché accidentalmente, aumentó mi rechazo hacia ella y me convenció de que su corazón estaba tan poco preparado para los dulces lazos del cariño como para el atractivo intercambio de la amistad.
—¿Crees que mi padre te perdonará alguna vez este imprudente enlace? —decía Augusta.