Amor y amistad
Amor y amistad Por suerte, un accidente muy apropos vino a librarme de este dilema: el faetón de un caballero volcó felizmente en la carretera que se encontraba a nuestra espalda. El accidente fue muy afortunado porque apartó la atención de Sophia de las melancólicas reflexiones a las que se había entregado.
Abandonando instantáneamente nuestro asiento, corrimos a rescatar a aquellos que, solo unos minutos antes, ocupaban una situación tan elevada —viajando como viajaban en un alto faetón muy a la moda— y que ahora yacían en el suelo, cubiertos de polvo.
—¡Qué gran tema para la reflexión sobre las inciertos placeres de este mundo no hubiesen sugerido ese faetón y la vida del cardenal Wolsey a una cabeza pensadora! —dije a Sophia, mientras corríamos hacia el campo de batalla.
Sophia no tuvo tiempo de contestarme porque todos sus pensamientos estaban ahora centrados en el horrible espectáculo que teníamos ante nosotras. La imagen de dos caballeros, vestidos con gran elegancia, que se revolcaban en su propia sangre fue la primera que impactó nuestros ojos. Nos acercamos. ¡Eran Edward y Augustus! ¡Sí, mi queridísima Marianne, se trataba de nuestros esposos!