Amor y amistad

Amor y amistad

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Sophia lanzó un grito y se desmayó sobre la tierra. Yo grité y me volví loca en un instante. Así, privadas de nuestros sentidos, permanecimos durante algunos minutos, solo para, al recobrarlos, vernos privadas de ellos de nuevo. Esta desdichada situación se prolongó por espacio de una hora y cuarto. Sophia se desmayaba a cada instante y yo enloquecía como ya había hecho antes. Por fin, un lamento del desventurado Edward (el único a quien le quedaba un soplo de vida) nos devolvió a la realidad. Si hubiéramos imaginado que alguno de los dos estaba con vida todavía, seguramente hubiéramos reservado parte de nuestro dolor, pero como, al contemplarles por primera vez, supusimos que habían muerto, pensamos que lo único que podíamos hacer era dedicaros a lo que nos dedicamos.

Tan pronto como escuchamos el lamento de mi Edward, y posponiendo nuestras lamentaciones por el momento, corrimos sin pausa hacia el querido joven y, arrodillándonos una a cada lado de él, le imploramos que no muriera.

—Laura —dijo, fijando sus ahora lánguidos ojos en mí—, me temo que he tenido un accidente.

Yo me sentí felicísima de comprobar que todavía razonaba.


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