Amor y amistad
Amor y amistad —¡Oh!, dime, Edward —dije yo—, te ruego que me digas antes de morir qué fue lo que sucedió después del desdichado dÃa en que Augustus fue arrestado y nos separamos.
—Lo haré —dijo él. Y, dejando escapar un profundo suspiro, expiró.
Sophia cayó inmediatamente en un nuevo desfallecimiento. Mi dolor se hizo más audible; mi voz tembló, mis ojos adquirieron una mirada vacÃa, mi rostro empalideció como la muerte y mis sentidos se vieron considerablemente deteriorados.
—No me hables de los faetones —dije yo, desvariando de forma frenética e incoherente—. Dame un violÃn. Tocaré para él y le tranquilizaré en sus horas melancólicas. ¡Tened cuidado, vosotras, dulces ninfas, de los dardos de Cupido! ¡Esquivad las aceradas lanzas de Júpiter! ¡Mirad el bosque de los abetos! ¡Veo una pierna de cordero! ¡Me dijeron que Edward no estaba muerto, pero me engañaron! ¡Le confundieron con un pepino!
Y asà continué, gritando salvajemente por la muerte de mi Edward. Asà desvarié locamente durante dos horas, y no me hubiera detenido nunca —porque no estaba cansada en absoluto— de no haber sido porque Sophia, que acababa de despertarse de su desmayo, me rogó que considerara que la noche se acercaba y que comenzaba a haber humedad.