Amor y amistad
Amor y amistad —¡Cómo! —interrumpió Augusta—. ¿Significa eso que mi hermano ha muerto? Dinos, te suplico, ¿qué ha sido de él?
—SÃ, frÃa e insensible ninfa —repliqué yo—, aquel infortunado zagal, tu hermano, ya no existe, y ahora puedes alegrarte de ser la heredera de la fortuna de sir Edward.
Aunque la habÃa despreciado desde el dÃa en que escuché su conversación con mi Edward, me conporté civilizadamente y, ante los ruegos de sir Edward y de ella misma, les prometà contarles todo el melancólico asunto. Ambos se sintieron muy afectados. Incluso el pétreo corazón de sir Edward y el insensible de Augusta dieron muestras de haber sido tocados por el dolor de aquella historia. A petición de tu madre, hice un relato de todas las desgracias que habÃan recaÃdo sobre mà desde que nos separásemos. Y, asÃ, hablé del encarcelamiento de Augustus y de la ausencia de Edward, de nuestra llegada a Escocia, del inesperado encuentro con nuestro abuelo y con nuestros primos, de nuestra visita a Macdonald Hall, de la singular ayuda que habÃamos prestado a Janetta, de la ingratitud de su padre, de su inhumano comportamiento, de sus inexplicables sospechas y del salvaje trato que nos dispensara, obligándonos a abandonar la casa…, de nuestros lamentos ante la pérdida de Edward y de Augustus y, finalmente, de la triste muerte de mi adorada compañera.