Amor y amistad
Amor y amistad —SÃ, y de bastante calidad, creo yo —dijo, tocándolo, mientras yo me sentaba a su lado, después de pedir su permiso—. También es muy bonito. Pero debo decir, porque ya sabe que siempre digo lo que pienso, que me parece un gasto innecesario. ¿Es que no podÃa llevar el viejo de rayas? No es mi costumbre censurar a la gente porque sea pobre (siempre he creÃdo que ser pobre es más motivo de desprecio y de lástima que de censura, especialmente si no puede evitarse), pero al mismo tiempo debo decir que, en mi opinión, su viejo vestido de rayas hubiera sido más que suficiente para su propietaria. Porque, si le digo la verdad (y yo siempre digo lo que pienso), mucho me temo que la mitad de la gente que habrá en el salón no se dará cuenta de si lleva usted un vestido o no. Pero imagino que tiene usted la intención de hacer su fortuna esta noche. Bueno, cuanto antes mejor, y le deseo suerte.
—La verdad, señora, es que no tengo tal intención.
—¿Quién ha oÃdo a una joven dama decir alguna vez que era una cazafortunas?
La señorita Greville se echó a reÃr, pero creo que Ellen sintió pena por mÃ.
—¿Se habÃa ido ya su madre a la cama cuando se marchó? —dijo la señora.
—Mi querida madre —dijo Ellen—, ¡pero si no son más que las nueve!