Amor y amistad

Amor y amistad

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—Señor —dijo el señor Gower, furioso—, veo que es usted un hombre completamente inflexible y que ni siquiera la muerte de su hijo puede hacerle desear la futura felicidad de este. No le robaré más tiempo. Veo claramente que es usted un hombre vil. Y ahora, tengo el honor de desear a todos los señores y a todas las señoras muy buenas noches.

Y dicho esto, abandonó inmediatamente la habitación, olvidando en su acceso de rabia lo tarde que era —algo que en otro momento le hubiera hecho temblar— y dejando a la concurrencia unánimemente convencida de que estaba loco. Una vez hubo montado a caballo y traspasado las grandes verjas del castillo, el señor Gower sintió un temblor colosal en toda su estructura ósea.

Si consideramos detenidamente su situación: solo, a caballo, tan avanzado el año como en el mes de agosto, tan avanzado el día como a las nueve de la noche, sin luz que le guiara salvo la de una luna casi llena y un cielo lleno de estrellas que le atemorizaban con su titilar, ¿quién podría no sentir piedad por él? Ninguna casa a menos de un cuarto de milla y un lóbrego castillo, oscurecido por la profunda sombra de nogales y pinos, a su espalda. El señor Gower sintió casi enloquecer de miedo y, cerrando los ojos para no ver ni gitanos ni fantasmas, cabalgó a galope tendido de esta guisa hasta que llegó al pueblo.


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