Amor y amistad
Amor y amistad —Bueno, creo que debo bajar, ¡pero qué raro! ¿Qué tendrá que decirme?
Y, después de mirarse rápidamente en el espejo, comenzó a bajar las escaleras con gran impaciencia, aunque temblando por no saber con qué iba a encontrarse, y, tras detenerse un momento ante la puerta, reuniendo valor para abrirla, entró resueltamente en la habitación.
El desconocido, cuyo aspecto no desmerecÃa en nada del retrato que su doncella le habÃa hecho, se levantó al verla y, dejando a un lado el periódico que habÃa estado leyendo, avanzó hacia ella con gran decisión y naturalidad, diciendo:
—Es realmente extraño que tenga que presentarme a usted en estas circunstancias, pero espero que la necesidad que me mueve será disculpa suficiente y servirá también para que no me juzgue mal. No necesito preguntarle su nombre, señora. La señorita Percival es demasiado conocida y me ha sido descrita muchas veces.