Amor y amistad
Amor y amistad El señor Stanley no pudo obtener una respuesta clara de él y, aunque todavía confiaba en lo mejor, se separó de su hijo casi enfadado. Este, que no tenía la menor intención de casarse, y veía a la señorita Percival simplemente como a una muchacha buena y simpática a quien le agradaba su compañía, se dedicó con enorme placer a incrementar los celosos temores de su tía, prodigándole todo tipo de atenciones, sin considerar el efecto que estas podrían tener en la señorita. Se sentaba a su lado siempre que estaban en la misma habitación; daba a entender que se entristecía cuando ella salía y era el primero en preguntar si volvería pronto. Se mostraba encantado con sus dibujos y encantado con su forma de tocar el clavicordio. Todo lo que decía parecía interesarle; dirigía su conversación solo a ella y daba a entender que ella sola era el objeto de su atención. No es extraño que aquellos esfuerzos tuvieran éxito a la hora de alarmar a una persona tan sensible a cualquier tipo de señal de peligro como la señora Percival, ni que produjeran un profundo impacto en su sobrina, una muchacha de imaginación viva y personalidad romántica, que ya estaba encantada con él y que, naturalmente, deseaba ser correspondida. Cada vez que aumentaba su convicción de que se sentía atraído por ella, veía a Edward más encantador y se intensificaba su deseo de conocerle mejor. En cuanto a la señora Percival, el día entero fue un infierno para ella. Ninguna experiencia del pasado podía compararse a las sensaciones que ahora la torturaban; y sus temores nunca habían sido tan fuerte y razonablemente excitados. Su rechazo hacia Stanley, su rabia hacia su sobrina y su impaciencia porque se separaran, dominaron por completo toda idea de propiedad y buena educación y, aunque el joven nunca mencionara su intención de marcharse al día siguiente, ella no pudo evitar, en su perentorio deseo de que desapareciera, preguntarle después de la cena a qué hora pensaba ponerse en camino.