Amor y amistad
Amor y amistad ¡Pobre Georgiana! Ninguna de las dos nos atrevimos a hacer la menor objeción a la resolución de mi madre, la cual, lamento decir, es por lo general más el resultado de la obcecación que el de la racionalidad. No obstante, tan pronto salió de la habitación, rompí el silencio para asegurar a Sophy que si Mary rechazaba al señor Watts, no esperaba que ella sacrificara su felicidad, convirtiéndose en su esposa, por un acto de generosidad hacia mí, algo que temía que la bondad de su naturaleza y su afecto fraternal le indujeran a hacer.
—Soñemos —replicó ella— con que Mary no le rechaza. Pero ¿cómo aceptar que mi hermana se case con un hombre que no puede hacerla feliz?
—Que él no puede es cierto, pero su fortuna, su nombre, su casa y su coche sí que pueden, y no dudo un momento de que Mary se casará con él. ¿Por qué no iba a hacerlo? No tiene más de treinta y dos años, una edad muy apropiada para casarse; es bastante feo, desde luego, pero qué es la belleza en un hombre; no tiene más que una figura proporcionada y una cara inteligente, lo que es más que suficiente.