Amor y amistad
Amor y amistad Acabo de abandonar la cabecera de Melissa, y en toda mi vida —y esta va siendo ya muy larga y en el curso de ella he estado a la cabecera de muchas camas—, en toda mi vida he visto una imagen tan conmovedora como la que ella ofrece. Está vestida con un camisón de muselina, una mañanita de gasa de Cambray y un gorro de dormir francés. Sir William está junto a su lecho dÃa y noche. El único descanso que se permite es un duermevela en el sofá del salón durante cinco minutos cada quince dÃas, del cual se levanta a cada momento para exclamar «¡Melissa! ¡Ah, Melissa!», volver a hundirse en él, levantar su brazo izquierdo y rascarse la cabeza. La aflicción de la pobre señora Burnaby va más allá de toda medida y suspira de vez en cuando —una vez a la semana, más o menos— mientras el melancólico Charles dice a cada momento: «Melissa, ¿cómo estás?». Las encantadoras hermanas son dignas de verdadera lástima. Julia se lamenta constantemente de la situación de su amiga, mientras permanece tumbada tras su almohada, sujetándole la cabeza. Maria, más moderada en su sufrimiento, habla de ir a la ciudad la semana que viene, y Anna no hace sino recordar los placeres que una vez disfrutamos cuando Melissa estaba bien. Normalmente yo estoy junto al fuego, cocinando alguna exquisitez para la infeliz enferma. Quizá haciendo un picadillo con los restos de un viejo pato, fundiendo queso o preparando un curry, los platos favoritos de nuestra pobre amiga. Asà nos encontrábamos esta mañana, cuando nos vimos sorprendidos por la visita del doctor Dowkins.