Emma
Emma Así empezó la señorita Bates; y el señor Knightley pareció firmemente resuelto a dejarse oír, porque replicó de un modo decidido y tajante:
—¿Cómo está su sobrina, señorita Bates? Dígame usted cómo se encuentran todos, pero sobre todo su sobrina, ¿cómo está la señorita Fairfax? Supongo que ayer por la noche no se resfrió. ¿Cómo se encuentra hoy? Dígame cómo sigue la señorita Fairfax.
Y la señorita Bates se vio obligada a dar respuesta a todas estas preguntas antes de que él consintiera en oírla hablar de algo más. Los oyentes sonreían divertidos; y la señora Weston dirigió una mirada de inteligencia a Emma. Pero ésta movió negativamente la cabeza como reafirmándose en su escepticismo.
—¡Le estamos tan agradecidas! ¡Le estamos tan agradecidas por el coche…! —prosiguió la señorita Bates.
Pero él la interrumpió bruscamente diciendo:
—Voy a Kingston. ¿Desea usted algo?
—¡Oh! ¿De veras? ¿De veras va usted a Kingston? El otro día la señora Cole me decía que necesitaba algo de Kingston.
—La señora Cole puede enviar a sus criados. ¿Desea algo para usted?