Emma

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La alegría del señor Weston era indiscutible. Estaba radiante de contento. Las cosas no podían ocurrir más de acuerdo con sus deseos. Ahora iba a tener a Frank más cerca que nunca. ¿Qué eran nueve millas para un joven? Una hora de caballo. Estaría allí continuamente. En ese aspecto la diferencia entre Richmond y Londres era tan radical como la de verle siempre y no verle nunca. Dieciséis millas… mejor dicho, dieciocho (había más de dieciocho millas hasta Manchester Street) eran un obstáculo considerable. Cuando le fuera posible salir de la ciudad se pasaría todo el día en ir y volver. No era ninguna ventaja tenerle en Londres; era como si estuviera en Enscombe; pero Richmond estaba a la distancia ideal para que les visitara con frecuencia. ¡Era mejor que tenerlo aún más cerca!

Inmediatamente este traslado convirtió en realidad un ilusionado proyecto de meses atrás: el baile en la Corona. No es que se hubieran olvidado de ello, pero no tardaron en reconocer que era inútil toda tentativa de fijar una fecha. Pero ahora se decidió que se celebraría; se reanudaron los preparativos, y muy poco después de que los Churchill se hubieran instalado en Richmond una breve carta de Frank anunció que el cambio había sentado muy bien a su tía y que no tenía ninguna duda de que podría acudir a Highbury por veinticuatro horas en cualquier momento que fuera preciso, rogándoles tan sólo que fijaran la fecha para lo antes posible.


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