Emma
Emma —Ahora, mi querida Emma, te suplico que digas a mi marido todo lo que creas que pueda servir para tranquilizarle y hacerle ver esta unión como algo ventajoso. Hagamos lo que podamos para convencerle… y al fin y al cabo sin necesidad de mentir pueden hacerse casi todos los elogios de ella. No es que sea una boda como para quedar excesivamente satisfecho; pero si el señor Churchill no pone obstáculos, ¿por qué vamos a ponerlos nosotros? Y en el fondo tal vez sea una suerte para él… Quiero decir que puede ser muy beneficioso para Frank haberse enamorado de una muchacha de tanta firmeza de carácter y de tanto criterio como yo siempre he creÃdo que tenÃa Jane… y aún estoy dispuesta a creerlo, a pesar de que en esta ocasión se haya desviado tanto de las normas que rigen una conducta leal. Y a pesar de todo, en una situación como la suya no serÃa muy difÃcil justificar un error como éste…
—SÃ, es verdad —exclamó Emma vivamente—. Si puede disculparse a una mujer por pensar sólo en sà misma es en una situación como la de Jane Fairfax… En esos casos casi puede decirse que «no pertenece al mundo, ni a las normas del mundo…»
Emma recibió al señor Weston con un aspecto sonriente, y exclamó: