Emma

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Emma no tardó en creer adivinar los pensamientos de la señora Elton, y en comprender por qué también ella estaba de tan buen humor; la causa era la confidencia que acababa de hacerle la señorita Fairfax, ya que creía que ella era la única en saber algo que aún era un secreto para los demás. Emma creyó descubrir inmediatamente indicios de esta suposición en la expresión de su rostro. Y mientras prestaba atención a la señora Bates, y aparentaba escuchar las respuestas de la buena anciana, vio que ella, con una especie de ostentoso misterio, doblaba una carta que al parecer había estado leyendo en voz alta a la señorita Fairfax, y volvía a guardarla en el bolso metálico pintado de purpurina que tenía a su lado, mientras decía con significativos movimientos de cabeza:

—Bueno, ya terminaremos cualquier otro día; a nosotras no nos faltarán ocasiones; y en realidad ya te he leído lo esencial. Sólo quería demostrarte que la señora S. acepta nuestras disculpas y no se ha ofendido. Ya ves qué maravillosamente escribe… ¡Oh, es una mujer encantadora! Hubieses estado muy bien en su casa… Pero, ni una palabra más. Seamos discretas… Es lo mejor que se puede hacer… ¡Ah! ¿Recuerdas aquellos versos? En este momento no me acuerdo de qué poema son:

Cuando a una dama se menta

todo lo demás no cuenta.


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