Emma
Emma —John comparte mi felicidad como un verdadero hermano —siguió diciendo el señor Knightley—, pero no es de los que gastan cumplidos; y aunque sé perfectamente que siente por usted un cariño auténticamente fraternal, es tan poco amigo de los halagos que cualquier otra joven podrÃa pensar que es más bien frÃo en sus elogios. Pero yo no tengo ningún miedo de que lea lo que escribe.
—Escribe como un hombre muy juicioso —replicó Emma, una vez hubo leÃdo la carta—. Me inclino ante su sinceridad. Se ve claramente que opina que de los dos en esta boda el más afortunado voy a ser yo, pero que no deja de tener ciertas esperanzas de que con el tiempo llegue a ser tan digna de mi futuro marido como usted me considera ya. Si hubiese dicho algo que diera a entender otra cosa no le hubiese creÃdo.
—Mi querida Emma, él no ha querido decir esto. Sólo ha querido decir que…
—Su hermano y yo diferirÃamos muy poco en nuestra opinión acerca del valor de nosotros dos —le interrumpió ella con una especie de sonrisa pensativa—, quizá mucho menos de lo que él cree, si pudiéramos discutir la cuestión, sin cumplidos y con toda franqueza.
—Emma, mi querida Emma…