Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Cuando la prometida visita a la finca y la subsiguiente presentación a estas señoritas tuvo lugar, no encontraron en el aspecto de la mayor, que se acercaba a los treinta años, y tenía una cara anodina y en absoluto inteligente, nada de admirable; pero en la otra, que no tenía más de veintidós o veintitrés, reconocieron una notable belleza: de bonitas facciones, tenía además una mirada aguda y penetrante, y un aire a la moda que, aunque no auténtica gracia o elegancia, imprimía distinción a su presencia. Sus modales eran particularmente corteses, y Elinor pronto les atribuyó algún género de buen criterio al ver con qué constantes y prudentes atenciones se labraban la simpatía de lady Middleton. Con los niños estaban las dos en continuo éxtasis, ensalzando su hermosura, recabando su atención, y complaciendo todos sus caprichos; y el tiempo que eventualmente les sobraba después de los inoportunos requerimientos que esta gentileza imponía, lo dedicaban a admirar cualquier cosa que su señoría estuviera haciendo, si es que por casualidad hacía algo, o a tomar el patrón de un elegante vestido nuevo, con el que su señoría las había maravillado el día anterior de un modo incomparable. Afortunadamente para quienes rinden su tributo mediante estas debilidades, una madre amante, aunque sea, en la búsqueda de alabanzas para sus niños, el más depredador de los seres humanos, es también el más crédulo; sus demandas son exorbitantes, pero se lo traga todo; y por esta razón veía lady Middleton sin el menor disgusto o recelo los excesos de aguante y de cariño de las señoritas Steele con su retoño. Contemplaba con maternal complacencia los impertinentes abusos y malignas jugarretas a las que sus primas eran sometidas. Veía sus fajas desatadas, su cabello despeinado a la altura de las orejas, sus costureros revueltos, y sus tijeras y cuchillas robadas, y en ningún momento dudó de que la diversión no fuese compartida. Lo único sorprendente era que Elinor y Marianne estuvieran allí sentadas, tan tranquilas, sin manifestar deseos de tomar parte en lo que ocurría.


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