Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—No hay palabras para describir el padecimiento de la señora Ferrars cuando Fanny se lo confesó. Mientras ella, con el más sincero amor, estaba planeando para su hijo una alianza de lo más deseable, ¡quién iba a imaginar que durante todo este tiempo él se hallaba secretamente comprometido con otra mujer! ¡Cómo iba a pasársele por la cabeza ni la sospecha de una cosa así! Y, si sospechaba alguna inclinación preconcebida en algún aspecto, no era desde luego en esa dirección. «En eso, os lo aseguro —dijo—, habría podido considerarme a salvo». Ha sido para ella una verdadera agonía. De todos modos, consultamos entre todos qué debía hacerse, y finalmente decidió llamar a Edward. Edward acudió. Pero lo que siguió me resulta vergonzoso referirlo. Todo cuanto pudo la señora Ferrars decir para obligarle a romper el compromiso, con la ayuda, como bien podréis suponer, de mis argumentos y de los ruegos de Fanny, cayó en saco roto. El deber, el amor, nada le importaba. Nunca hubiera creído que Edward fuese tan testarudo, tan falto de sentimientos. Su madre le explicó sus generosos proyectos en el caso de que se casara con la señorita Morton; dijo que le asignaría las tierras de Norfolk, que, contribuciones aparte, produce sus buenas mil libras al año; hasta le ofreció, cuando las cosas se pusieron difíciles, mil doscientas; y, contra esto, si persistía aún en esta miserable alianza, le describió certeramente las penurias que seguirían al matrimonio. Enérgicamente declaró que Edward habría de contentarse con las dos mil libras de que personalmente dispone; y que tan poco dispuesta estaría ella a proporcionarle la menor asistencia que, si decidiera él adoptar alguna profesión pensando procurarse mayores recursos, haría todo cuanto estuviera en su mano para impedir que medrara.


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