Los Watson
Los Watson El Sr. Edwards procedió a contarles otros detalles de los que se había enterado durante su paseo matutino. Charlaron animadamente hasta que a la Sra. Edwards le llegó el momento de arreglarse, y se instó a las jóvenes a que no perdieran tiempo. Emma fue conducida a una habitación muy confortable y, cuando la Sra. Edwards pidió que la dejaran sola, comenzaron los gozosos preparativos que constituyen el primer placer de un baile. Las jóvenes, al vestirse prácticamente juntas, empezaron a conocerse mejor. Emma descubrió en la Srta. Edwards muestras de sensatez, una mente modesta y poco pretenciosa, y un gran afán por complacer. Cuando volvieron al salón, donde la Sra. Edwards las esperaba elegantemente ataviada con uno de los dos vestidos de seda que solía ponerse en invierno y el tocado que acababa de encargar en la sombrerería, ambas se sentían mucho más relajadas y sonreían con más naturalidad que antes. Llegó el momento de examinar sus vestidos. La Sra. Edwards reconoció ser demasiado anticuada para aprobar cualquier extravagancia moderna, por muy autorizada que estuviera, y pese a observar con satisfacción el aspecto radiante de su hija, le expresó una admiración no exenta de reservas. El Sr. Edwards, no menos orgulloso de Mary, dedicó a Emma algunos cumplidos con jovial galantería. La conversación fue adquiriendo un tono más personal, y la Srta. Edwards preguntó educadamente a Emma si no solían decirle que se parecía mucho a su hermano pequeño. Emma creyó percibir un leve rubor acompañando a la pregunta, pero más aún le sorprendió el modo en que el Sr. Edwards se hizo cargo de la cuestión.