Los Watson

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El día siguiente trajo una gran cantidad de visitas. Era costumbre del lugar ir a ver a la Sra. Edwards la mañana siguiente al baile, y en esta ocasión era tal la curiosidad suscitada por Emma que el número de visitas aumentó, pues todos querían volver a ver a la joven que había deslumbrado a lord Osborne la noche anterior. Muchos fueron los ojos, y distintos los grados de aprobación con los que fue examinada. Unos no le encontraron ninguna falta, otros ninguna belleza. Para algunos, su tez morena le quitaba toda gracia y otros pensaban que no era la mitad de bonita que su hermana Elizabeth diez años atrás. La mañana se fue volando mientras comentaban los pormenores del baile con las sucesivas visitas, y Emma se sorprendió al descubrir que eran las dos y no tenía noticias del carruaje de su padre. Este pensamiento la había hecho acercarse dos veces a la ventana para inspeccionar la calle, y a punto estaba de pedir permiso para llamar a un criado y hacer algunas averiguaciones cuando el ruido de un carruaje que se detuvo ante la puerta la tranquilizó. Se acercó de nuevo a la ventana pero, en vez del práctico y tosco coche familiar, vio una flamante carriola. Poco después un criado anunció al Sr. Tom Musgrave, y la Sra. Edwards lo recibió con su expresión más severa. En absoluto intimidado por tal muestra de frialdad, el joven saludó con desenvoltura a cada una de las damas y, dirigiéndose a Emma, le entregó una carta que «tenía el honor de traer de parte de su hermana, a la que él debía no obstante añadir algo».


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